Día 12: La dictadura perfecta del COVID-19

Jueves, 26 de marzo. Esta mañana me he despertado después de un sueño intranquilo, convertido en un virión. Me veía como una ínfima bolita con espículas en la inmensidad de la sabana rodeado de cientos de miles de ácaros de forma ovaladas, mucho más grande que yo, correteando alrededor y el uno sobre el otro. Enseguida me dí cuenta que mantenían una distancia prudencial y ninguno intentó tocarme. Se respiraba respeto, hasta sumisión, diría yo.

¿Qué me ha ocurrido? Pensé. No era un sueño. Mi habitación, una auténtica habitación humana, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Una metamorfosis se acababa de producir, mi mundo, y el vuestro, dejaron de ser nuestro mundo.

El confinamiento es una oportunidad para reflexionar, pero también para que a uno se le vaya la bola. Y digo yo, una pandemia como la que estamos sufriendo no deja de ser una invitación a una concentración de poder económico-político con carácter absoluto. Se está comprobando que es fácil instaurar estados de alarma por temas de salud, que de facto no dejan de ser estados de sitio como fundamento del orden social. El enemigo invisible es muy potente para el control social y son muchos y diversos los candidatos: virus,  bacterias, contaminación química, radiactividad...

Es una sutil dictadura que moviliza la inmensa mayoría de la población para que se confine de forma voluntaria, respetando los desplazamientos y salidas a la calle de acuerdo con las normas establecidas, las cuales restringen “ipso facto” los derechos de libre circulación. Además, una parte de esta población queda atrapada económicamente quedando a merced de las disposiciones y ayudas de los gobiernos de turno. Sin olvidar los colaboradores activos de la dictadura, esas personas, por ahora pocos, actuando de “policía” social atentos a los comportamientos “raros” de sus vecinos o vigilando, desde los balcones y ventanas los movimientos “extraños” de personas en la calle. Para la población confinada el único desahogo que tiene son los cincos minutos de cada día cuando se asoman al exterior con cantos, aplausos y gritos como gesto solidario. Es como, una especie de recuento colectivo, porque la pérdida de intensidad en la algarabía significa que cada vez somos menos, y el silencio absoluto nos dirá que nos hemos quedado solos.

Esta dictadura vírica es perfecta y sutil, la duración del confinamiento no está fijada con anticipación, pese a que se presenta como temporal, sino que va a depender de las vicisitudes sanitarias y económicas en las que se desenvuelve, convirtiéndose en una forma de gobierno “normal”. Estamos inmersos en el caos, pero no hay que olvidar que el caos es otra forma de orden. Lo que nos debe quedar claro es que el nuevo orden no será el mismo, porque habremos experimentado miedo, aislamiento, incertidumbre, fragilidad, una inmensa fragilidad en todas las esferas de nuestras vidas: salud, economía, política y sociedad. 

Dicen que a mediados de diciembre de 2019, en Wuhan, alguien se zampó un filete de pangolín a la plancha o una sopa de murciélago, tres meses después, un tercio de la población mundial está confinada. ¿Qué es el caos? El caos es que:

«El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo»
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