Día 16: No somos señores y dueños de este Mundo

Lunes, 30 de marzo. Queda inaugurada la segunda quincena del confinamiento. Dicen que parece ser que la famosa “curva” empieza a manifestar síntomas de aplanarse, sin embargo, esta semana será muy dura en el sistema sanitario por un previsible colapso de las UCIs. 

Constatar el desmadre en la contabilización de casos detectados y fallecidos por el coronavirus. Al final, resulta que cada país está contando los muertos a su manera y ninguno lo hace bien. Dicen que las cifras oficiales de los casos en China, utilizadas como referente para las comparaciones, son falsas y las reales podrían multiplicar por diez o más las oficiales. La Administración Trump ya da por hecho que en los Estados Unidos tendrán millones de contagios y entre 100.000 y 200.000 muertos por el coronavirus, cifras que le parece asumible (sic).

Me ha encantado la reflexión del expresidente de Uruguay, Pepe Mújica, en el programa de Évole: “No comparto que estemos en una situación de guerra. La guerra es una cosa que inventaron los humanos, y el virus es un desafío de la biología ­para recordarnos que no somos tan dueños absolutos del mundo como nos parece”.

Una reflexión pertinente porque nos habíamos creído que éramos señores y dueños de este Mundo y estamos constatando que, en pleno siglo XXI contando con tecnologías muy avanzadas en muchos campos de la actividad humana, incluida la biomédica, la herramienta más contundente que se está utilizando para frenar la propagación del coronavirus es la misma que se utilizó hace siete siglos: el confinamiento, es decir, la cuarentena que aplicó Venecia para defenderse de la peste negra que llegó en 1347 en los barcos comerciales. 

Creo, como muchos, que hemos tensionado hasta el límite nuestro planeta, el Covid-19 es un virus de la globalización que ha pillado a la humanidad con el pie cambiado: viaja y se propaga rápido en un mundo muy interconectado, con millones y millones de personas moviéndose entre ciudades densamente pobladas y unidas por todo tipo de redes entrelazadas. 

Más o menos, la naturaleza nos ha ido avisando. Por ejemplo, la infección por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH/Sida) que apareció en la década de los 80 del siglo pasado y que ha infectado, hasta el momento, a más de 75 millones de personas; o la fiebre hemorrágica del Ébola, cuyo primer brote se documentó en 1976 y sigue, ahí, por el momento latente y activo en África, muy mortífero, sin cura ni vacuna, manifestándose, de tarde en tarde, con nuevos brotes y cepas. Nadie debería descartar que, en los próximos años o décadas, vayan ha aparecer muchas más enfermedades epidémicas.

Hace pocos meses, se celebró la cumbre del cambio climático y la conclusión de los expertos fue concluyente: la emergencia climática empeora cada día y tiene efectos negativos sobre las vidas de las personas en todos los rincones del globo, sean olas de calor extremo, polución atmosférica, incendios en los bosques, inundaciones o sequías. Todavía no se han tomado medidas para abordar este gran desafío para nuestra supervivencia, salvo algunas acciones testimoniales.

Al final descubriremos que ni señores y ni dueños, simplemente vasallos de una naturaleza que si no la cuidamos, ella puede ser muy despiadada con nosotros, el coronavirus es un testimonio directo. Debemos plantearnos nuestra relación con el medioambiente y respetarlo, porque como dice Céline Cousteau: 

“¿Puedes mirar a los niños a los ojos y decirles: no me importa tu futuro?”



Imagen: Hospital de campaña de IFEMA, Madrid
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