Día 2: El confinamiento. Condenados a la incertidumbre

Desde mi balcón ayer domingo la sensación fue la de una ciudad casi desierta, salvo algún runner y los que sacaban a pasear los perros, parece ser que se empiezan a detectar algunos peludos estresados por tanto paseo, hoy la sensación ha sido similar, pocas personas en la calle, en el mercado y en los supermercados. He salido a comprar alguna cosilla y me he dado cuenta que, si no tienes perro para pasear, puedes utilizar el carro de la compra aunque esté vacío o una baguette debajo del brazo para justificar una salida a la calle y estirar las piernas. Ya, ya lo sé, es una argucia insolidaria, pero forma parte de la sutileza mediterránea.
De la noche a la mañana, la actividad social, económica y política se ha frenado en seco en medio de un caos sanitario. Ahora funcionamos a un ralentí inestable, pendientes del próximo parte y las instrucciones de las autoridades “competentes”.
Escribía Albert Camus, en La Peste, que cuando estalla una guerra las gentes se dice: "esto no puede durar, es demasiado estúpido" y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre.
Nos hemos instalamos en el presente continuo. Vivimos los acontecimientos a medida que van ocurriendo cada momento particular en el tiempo. Se nos borra la noción de futuro, de intención, de proyecto… Al fín y al cabo, la incertidumbre producto de epidemias, guerras, hambrunas, catástrofes económicas y atrocidades producto de la estupidez humana ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad. La resiliencia es nuestra verdadera vacuna y, sobre todo, la solidaridad y la abnegación de tantas personas para que estos momentos sean llevaderos.
PD: Sumidos en el caos del coronavirus empieza a aflorar un viejo y latente virus corona corrupta gracias al Telegraph.
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