Día 8: La memoria de los olores

Domingo, 22 de marzo. Seguimos confinados y hoy el presidente del Gobierno ha anunciado que pedirá al Congreso ampliar el estado de alarma por el coronavirus hasta el próximo día 11 de abril. No son buenas noticias, tanto por el impacto psicológico que conlleva el encierro para las emociones y sentimientos, como para la capacidad de resistencia económica de muchas personas al no disponer de ingresos por el cese de sus actividades como es el caso de pequeños empresarios, autónomos o el de los trabajos precarios (empleadas de hogar o los contratados temporales de corta duración, entre otros). Estamos hablando de unos cuantos millones de personas con una capacidad de resistencia económica limitada o muy limitada. Todas estas personas, al fin y al cabo, son víctimas de los efectos colaterales de esta pandemia y de las medidas para detenerla. 

Es lo que hay, porque no debemos de perder la perspectiva de que el Covid-19 sigue en fase de crecimiento exponencial y, el reto, sí o sí, es reducir la capacidad de transmisión del virus ya que su letalidad empieza a ser considerable, sobre todo, en determinados grupos de la población. De cualquier forma, pienso de que el Gobierno deberá seguir ampliando los sistemas de cobertura sociales y económicas para que los colectivos más afectados puedan subsistir en condiciones dignas. De aquí la importancia de dotarnos de formas de gobierno en las cuales el Estado se preocupe por el bienestar de todos sus ciudadanos, que no les falte nada y que puedan satisfacer sus necesidades básicas. ¡Una simple cuestión de derechos humanos!

Hoy, domingo, el silencio se ha instaurado en mi barrio, como mínimo en la zona que mi mirada cubre desde el balcón, nadie, todo vacío, salvo el arrullo de alguna paloma. He estado un rato sentado en el balcón, respirando, intentando escuchar respuestas en el silencio. He disfrutado del placer de estar conmigo mismo. Nos empezamos a conocer, él y yo. 

También he ojeado un resumen de un estudio respecto a la duración que tiene el coronavirus en determinadas superficies y parece ser que, el maldito “bicho”, aguanta bastante, hasta tres días en el plástico o el acero inoxidable, mientras que en el cartón sobreviviría alrededor de 24 horas. Obviamente, el tema me ha interesado y he llegado a la conclusión de que la combinación agua más lejía es un buen remedio para desinfectar las superficies (recomiendan 20 cc. de lejía por litro de agua). Ya he preparado una botella con ésta solución para cuando regrese con la compra desinfectar bien latas, tarros y otros envases. Ignoro, si será efectivo, pero me aporta seguridad.

Mientras preparaba el mejunje para desinfectar, me ha surgido desde mi memoria olfativa, así de repente, una serie de olores asociados a productos para la limpieza de mi infancia y un aluvión de imágenes de mi abuela y de mi madre, dos mujeres que vivieron la guerra y la “paz” de la posguerra limpiando por doquier hasta dejar las superficies como los chorros del oro. 

Las veo, si las veo, pasando el estropajo por la cocina o fregando el suelo con un cepillo de esparto y lejía; baldeando el patio con zotal; o utilizando el amoníaco, el vinagre o el limón para limpiar cristales y otros tipos de materiales. Veo a mi madre en el patio, haciendo la colada con la tabla de madera y el balde de hierro esmaltado frotando con el jabón Lagarto, con su olor especial y persistente a limpio. 

Me viene el olor del agua de colonia de lavanda. Cuando me bañaban, siempre me frotaban con esa colonia. También recuerdo que después de jugar en algún parque cuando, mi abuela, me cogía para regresar a casa, lo primero que hacía era abrir su bolso, meter la mano y sacar un frasco de colonia y un pañuelo que mojaba con dicha fragancia y limpiarme las manos exclamando: ¡Para pillar algo! o ¡Qué habrás tocado!

Olores que algunos diréis vintage, pero que me retrotraen a aquellos años de mi infancia.

Todo un festival de olores, de fragancias. Olor a limpio, olor a desinfectado.
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