Día 9: No somos ni Ana Frank, ni topos

Hoy lunes ha amanecido nublado y lloviendo. No invita a salir a la calle, menos mal. Desde el balcón veo algunas personas caminando por la calle y por la hora me imagino que se dirigen a sus trabajos. Supongo que una importante parte de ellas realizarán las tareas para garantizar los servicios básicos de los confinados o se pondrán en la primera línea para atender a los enfermos o a la población dependiente.

Es posible que para algunos el confinamiento les provoque sensaciones desagradables al alterar súbitamente hábitos y conductas de un día para otro, incluso que manifestemos reacciones emocionales inesperadas al estar abocados a una nueva situación caracterizada por la incertidumbre. No obstante, creo que esta situación acabará siendo limitada en el tiempo, posiblemente algunas semanas, en un contexto en el que la mayoría disponemos de todos los servicios básicos, de comunicaciones con el resto del mundo y de una amplia oferta de entretenimiento gracias a Internet. Con esta afirmación no quiero soslayar la problemática acentuada por el confinamiento de algunos colectivos vulnerables como el caso de mujeres maltratadas conviviendo con sus agresores, los conflictos en familias desestructuradas, la convivencia en espacios muy limitados o las soledades crónicas, entre otras problemáticas.

Con todo, esta situación de aislamiento, necesaria para el bien común y la salud colectiva, no tiene nada que ver con las experiencias extremas de largos confinamientos que se han dado a lo largo de la historia. Por esto me atrevo a afirmar que nuestro destino no será el de Anna Frank, la niña judía holandesa de trece años de edad que permaneció durante dos años escondida en una buhardilla, junto a otras ocho personas, hasta que los nazis descubrieron el escondite y los deportaron a campos de de concentración. Ana Frank estuvo en el campo de Auschiwitz y, posteriormente, en Bergen-Belsen donde murió por tifus. Ana nos dejó su Diario, donde relató sus miedos por vivir escondida y las emociones y los conflictos de una joven adolescente que despertaba a la vida.


Tampoco somos topos, sí topos. Aquellas personas de la España Republicana que no huyeron, que no fueron capturados, que no se entregaron y que permanecieron ocultos, una vez terminada la guerra, gracias al apoyo de su círculo más cercano. Hubo cientos de “topos”, la mayoría en pueblos y pequeñas ciudades, que no abandonaron su escondite hasta el año 1969 con el decreto de la dictadura en la que prescribía todos los presuntos delitos cometidos antes del fin de la Guerra Civil. Difícil imaginar un confinamiento clandestino, en muchos casos, de más de 30 años para sobrevivir. Esta es una parte bastante desconocida del franquismo, 

Tenemos una excelente película, “La Trinchera Infinita”, la cual se estrenó el pasado mes de octubre y es un buen retrato de lo que pudo ser la vida de esas personas escondidas en pequeños habitáculos, o más bien zulos, en sus casas.


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