Día 20: Atrapados en el tiempo

Viernes, 3 de abril. Tal como nos tienen acostumbrados, han dejado caer la noticia de que es muy probable que el confinamiento generalizado se prolongue hasta el 26 de abril y, por tanto, en un par de días será oficial. También nos recomiendan que llevemos mascarillas cuando se salga a la calle. La cuestión es saber cómo un ciudadano va a poder obtener una mascarilla cuando el personal que atiende a los enfermos del coronavirus o a los que atienden al público en servicios esenciales tienen dificultades para acceder a ellas. Siempre nos queda YouTube para aprender a hacer una mascarilla casera que no nos servirá para protegernos, pero que, según dicen, evitará que podamos contagiar si somos portadores del virus. Alguien dirá que esto es normal ya que somos un país de “charanga y pandereta”, tal como lo calificó Antonio Machado. Aunque no somos los únicos en busca de mascarillas, porque, hoy, en el país más rico y poderoso del planeta es más fácil conseguir un rifle AR-15 que una simple mascarilla quirúrgica. Pues eso, mal de muchos, consuelo de tontos. 

Ya llevo 20 días confinado en casa salvo algunas esporádicas salidas para comprar alimentos, tirar la basura o ir al Hospital para mi tratamiento. Una persona me preguntó porqué había decidido escribir este diario y le respondí que los motivos eran diversos, sin un objetivo claro. El diario me aporta cierta paz mental al recoger, día a día, algunos de los acontecimientos que están ocurriendo alrededor mío. Estamos confinados pero no aislados del mundo, hasta tenemos una saturación de información que nos está infoxicando. Además, el confinamiento acaba imponiendo unas rutinas de vida en un espacio físico muy limitado que nos puede conducir a una sensación de vivir atrapados en un ciclo el tiempo, repitiendo el mismo día una y otra vez. El diario me permite disfrutar de un momento para mí para clarificar ideas y perfilar mi mirada sobre un mundo inmerso en un caos que nos arrastra a todos. A lo mejor, con el tiempo, si esta pandemia dura mucho, acabaré escribiendo en él preguntas importantes para las que ahora no tengo respuestas. El que me lea, siempre podrá decir que todo lo publicado se reduce a una simple elucubración febril de una mente fantasiosa del autor en una realidad innegable.

Me cuesta entender, en la situación tan excepcional que estamos viviendo y los potenciales peligros que plantea el hacinamiento en las prisiones, tanto para los reclusos como para los propios funcionarios de prisiones, que no se proceda a un excarcelamiento de todos aquellos reclusos que reúnan las condiciones mínimas para abandonar temporalmente los centros penitenciarios. Lo dice la ONU y algunos países ya han procedido a aplicar estas medidas. 

Ignoro si los presos que ya disfrutaban de un régimen de semilibertad en las cárceles españolas ya han pasado a cumplir su condena confinados en sus casas de acuerdo con la circular del director general de Ejecución Penal y Reinserción Social de Instituciones Penitenciarias. Lo que me parece un cierto encarnizamiento, por parte del Tribunal Supremo, es que a los políticos catalanes presos, los cuales ya disfrutaban de un régimen de semilibertad, se les niegue esa posibilidad. Me parece una decisión extrema que lo único que consigue es elevar la tensión política en unos momentos donde todo el mundo debería aparcar las diferencias ideológicas y políticas y arrimar el hombro para superar la crisis sanitaria en la que estamos inmersos.

Es de sobra conocido que en tiempos de confinamiento, algunas personas agudizan su ingenio y creatividad para mantenerse entretenidos. Hoy me he fijado en Josep Maria Virgili, filólogo, con muchos seguidores en las redes sociales y uno de los fundadores del grupo Koiné, organización que defiende el catalán como la única lengua oficial que debería regir en una Cataluña independiente. Pues bien, él considera que el Ratoncito Pérez es cosa de niños españoles, porque a las casas de los niños catalanes va el “ratolí Martí”. Parece ser que a este individuo no le gusta el apellido Pérez (el 12% de catalanes lo comparten) y prefiere el apellido Martí, más selecto, más esencialista, con más pedigrí (sólo el 2% de los catalanes lo disfrutan como primer apellido). No es primera vez que este elemento suelta una boutade, hace unos pocos meses, en un arrebato repartiendo carnets de catalanidad, sentenció que los “catalanes no independentistas” no eran catalanes. Pues eso, aviso a los Pérez, porque aunque muchos de vosotros seáis independentistas tenéis el gen “colono” y hay que erradicarlo. Ya, en época de los Reyes Católicos, debido a las conversiones forzadas y los estatutos de limpieza de sangre, los judíos tuvieron que cambiar de apellidos y nombres. Por eso pasaron a llevar apellidos comunes entre los “cristianos viejos” como Pérez o transformaron su apellido Peres en la terminación idiomática castellana Pérez.  Pues eso, “cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras”.
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