Día 21: El valor de las pequeñas cosas

Sábado, 4 de abril. Hoy hace un día rabiosamente primaveral y, en otras circunstancias, unos cuantos ya estaríamos disfrutando de las vacaciones de semana santa. Pero, considerando el momento que vivimos, uno descubre el valor de las pequeñas cosas y, ahora, un balcón de metro y medio cuadrado pasa a ser algo muy valioso, sobretodo, si está bañado por los rayos del sol. 

Se confirma, se prolonga el confinamiento hasta el 26 de abril con posibles prórrogas del estado de alarma en el caso de que se requiera. Habrá que ir pensando en cómo encajar una imitación de piscina para el balcón, siempre nos quedará el recurso de la palangana. Eso sí, la “hibernación” de la economía se empezará a relajarse después de semana santa. 

Me entero por Twitter que el Presidente de la Generalitat está escribiendo un Diario del confinamiento, aunque confiesa que intenta, muy a menudo pero con poco éxito, escribir cada noche. Debe ser que la musa lo abandona. En algo coincidimos, como más o menos yo expresé ayer en mi Diario, según Torra el diario ayuda a fijar en la memoria de un tiempo que no podríamos haber imaginado. Espero que sea sincero, crítico y autocrítico por su nivel de responsabilidad en la gestión y decisiones de esta crisis y no se suba a la parra del “noucentisme” para escribir elucubraciones de un país que pudo ser y ya no es. 

Si hace unos días me hacía eco de la vulnerabilidad y abandono de los ancianos en las residencias geriátricas, hoy no puedo evitar el toque de alarma sobre el encarnizamiento del coronavirus en las residencias de personas con discapacidad intelectual, las cuales necesitan con urgencia material sanitario y test para detectar los contagios. Sin olvidar, que se encuentran con plantillas de personal, cada vez más reducidas y sin equipos de protección necesarios. Solo me queda manifestar, desde la impotencia, la rabia e indignación que me produce constatar cómo la pandemia está castigando a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. Eso sí, constatar que las “autoridades” o “responsables” políticos únicamente reaccionan cuando el tema pasa a ser un escándalo mayúsculo como pasó con los geriátricos y, probablemente, pasará con los discapacitados intelectuales. ¿Hablaremos de decenas o centenas de fallecidos y contagiados? Me gustaría ver una reseña en el diario del Honorable.

Dicen que las crisis sirven para que los seres humanos y las sociedades saquen lo bueno y lo malo de acuerdo con su naturaleza. Por el momento, a nivel de los Estados, observamos que las muestras de solidaridad entre países más bien rancanean, mientras que los corsarios, piratas, filibusteros y bucaneros al servicio de los poderosos se han hecho a la “mar”, o mejor dicho, a los aeropuertos, no por el oro y la plata de las colonias, sino por el material sanitario para combatir el Covid-19. Los ejemplos son abundantes: en Tailandia se requisa un cargamento de máscaras destinadas a Alemania para enviarlas a los Estados Unidos; Turquía paraliza el envío de unos respiradores comprados y pagados destinados a España; Alemania y Francia, hace un mes, ya decidieron vetar la exportación y, en el caso de Francia, requisar las existencias de productos que posea cualquier persona física o jurídica o que circule por su territorio; en aeropuertos chinos un cargamento ya comprometido y pagado puede cambiar de manos en una subasta a pie de pista. Las estafas, el material de mala calidad o las falsificaciones, están a la orden del día. Pues eso, el material sanitario para el coronavirus presente en un bazar global, donde las reglas del comercio no se respeta y aparecen los modernos Francis Drake, Henry Morgan o Jean Laffite.
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