Día 22: Un rayo de luz

Domingo, 5 de abril. Como es habitual cada día, ya tenemos los datos de ayer y la cifra de fallecidos con coronavirus en las últimas 24 horas desciende a 674, la menor en 10 días. Luego alguien matiza y dice que a lo mejor estas cifras no son exactas porque durante el fin de semana no se llegan a recoger todos los datos. No obstante, un nutrido grupo de los que “saben” y “gestionan” la crisis manifiestan que, sin alzar las campanas al vuelo, la curva tiende a aplanarse. Por lo tanto, ya empiezan a surgir las especulaciones de cómo será el día después, cómo podremos volver a las calles, qué tendremos que hacer, cómo tendremos que comportarnos, etcétera, etcétera. 

Sin garantías de disponer del test del Covid-19 accesible para toda la población, no me gusta la idea de un certificado o un DNI de inmunidad. A lo mejor pueda salvar el sistema sanitario y la economía, pero dejará abandonado a los más desfavorecidos, tanto económicamente como de salud. Puede parecer razonable que a medida de que se vayan disponiendo de tests se proceda a “liberar” a las personas inmunes para que puedan reemprender su actividad normal, pero sin la garantía de una universalización rápida del procedimiento y unos criterios objetivos bien definidos, es una invitación a la “selección” natural-social. Por el momento toma forma la definición de los procedimientos para detectar a los asintomáticos y su aislamiento en centros o recintos especiales en el supuesto que no puedan mantenerse aislados en sus hogares. Supongo que es lo único que se puede hacer por el momento, y que toda esta parrafada es un pataleo personal, porque, por edad, me veo como los últimos de Filipinas sitiado en la “iglesia de Baler” durante 337 días. Eso sí, por favor, que piensen en un plan para que los niños puedan pisar la calle lo antes posible. 

Dicen que, para los seres humanos, el lugar y el entorno familiar donde se nace condiciona nuestro futuro y, en cierta medida, es una gran verdad que la pandemia está validando. Pero esta máxima no solo se aplica a los humanos, también sirve para otros seres vivos, por ejemplo los perros. Aquí, en Barcelona, tener un perro, además de ser un animal de compañía, es el salvoconducto para poder salir a la calle y poder estirar las piernas, ergo, es de suponer que es un animal deseado. Sin embargo, la pandemia ha desencadenado matanzas y apaleamientos de perros en lugares como China por el rumor de que eran portadores del virus, envenenamientos en el Líbano y hambrunas entre los perros en sitios como la India o Bangladesh debido a la cláusula de los mercados populares que garantizaban el sustento gracias a la basura producida por restaurantes o puestos de comida, frutas y verduras clausurados. Mondo cane.

A medida que se prolonga el confinamiento se incrementa mi nivel de alerta por las informaciones que llegan por las redes sociales. Dejando a un lado que hay gente activa en estas redes con un comportamiento maravilloso en sus diferentes aspectos, desde una manifiesta posición empática con la gente o una participación crítica constructiva, hasta mostrar sus propios miedos y debilidades; lo cierto es que nos encontramos con una minoría muy activa generando falsas noticias desde cuentas falsas o de cuentas personales que se comportan como odiadores compulsivos, sobre todo en el terreno ideológico. En efecto, Twitter ha detectado en las dos últimas semanas más de 1,5 millones de cuentas a nivel global sospechosas de manipular o difundir mensajes engañosos sobre el coronavirus. A esto debemos añadir las granjas de bots con cuentas falsas de algunos partidos políticos, sobre todo de la derecha, para generar mensajes constantes de desgaste del Gobierno por la gestión de la crisis dificultando el poder diferenciar la crítica fundamentada de la crítica destructiva. Además de los bots, nos encontramos con los hiperventilados insolidarios con un afán de protagonismo social frustrado y una debilidad mental patológica que se alimentan de odios políticos y la debilidad social ante la enfermedad, y que, poco a poco, van socavando el sistema democrático de convivencia. En el caso de España, estos hiperventilados los encontramos, sobre todo, en la ultraderecha española alimentando posiciones golpistas o en un sector ultra radical del independentismo en Cataluña alimentando sistemáticamente el mantra del “España nos mata”. Triste realidad y, por tanto, mi desprecio al carroñerismo político de todos aquellos que intentan aprovechar la pandemia para sacar rédito político.
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