Día 23: Después de los terremotos, los tsunamis

Lunes, 6 de abril. Nos dicen que la cifra de fallecidos diarios por el Covid-19 ha caído este lunes hasta los 637, es decir que la curva se está aplanando. Pero, los muertos por esta causa son ya 13.055. Joan Roca, el chef del Celler de Can Roca, nos dice en una entrevista que: “en esta crisis todo el mundo va a perder algo”. Es verdad, unos perderán algo, pero, como tienen tanto lo llevarán bien, con una mínima merma; mientras que otros, los que tienen el mínimo, como pierdan algo, se quedarán sin nada. Es cierto que, hoy por hoy, el coronavirus al infectar no diferencia la clase social. Pero, como suele ocurrir, es el status social y económico el que determina una mejor prevención y unos mejores cuidados sanitarios en el tratamiento de los contagiados.

No hay que ser un agudo observador de la escena internacional para constatar que, con la pandemia actual, la cooperación global entre países ha colapsado en un mundo donde ya no hay un país líder o una macrocomunidad política capaz de organizar y establecer líneas estratégicas. Tengo la sensación de que nos encontramos en un escenario donde cada país ha optado por un “sálvese quien pueda” y que algunas de las muestras de “solidaridad” entre países obedece más a cálculos de posicionamiento geoestratégico que a actos desinteresados de generosidad. 

Escucho o leo declaraciones que nos hablan del “cuando volvamos a la normalidad”, para mí esto es una declaración de un optimismo exaltado sin ningún fundamento, salvo para “tranquilizar” a la población. Me pregunto qué se entiende por “normalidad” después del terremoto vírico, porque el panorama sanitario y económico para los próximos meses no es nada alentador. Ahora estamos inmersos en la crisis sanitaria que está afectando de forma significativa a los países más desarrollados y, por tanto, más interconectados, pero se desconoce qué pasará con los países africanos, la India, Pakistán o el centro y el sur de América, donde hoy se cuentan pocos casos, con poblaciones más jóvenes pero con mínimas estructuras sanitarias. Lo que está claro es que nadie es capaz de evaluar la evolución y el alcance de esta pandemia que se comporta como un terremoto que agita a todo el planeta con múltiples réplicas. Por ejemplo, hasta ayer Japón era un ejemplo de gestión y control de la infección vírica, hoy se está planteando declarar el estado de emergencia debido al incremento radical de nuevos casos; o Singapur, considerada un modelo en atajar la pandemia, ahora teme una segunda réplica.


Cuando se supere o se tenga controlada la pandemia, siguiendo el símil del terremoto, vendrá el tsunami o los tsunamis económicos, es decir, nos vamos a encontrar inmersos en una crisis económica de dimensión inimaginable provocada por la parálisis económica. Muchos países corren el riesgo de un colapso fiscal, como puede ser el caso de España o Italia. Si hemos de “agradecer” algo al coronavirus, es que está revelando las dependencias y fragilidades de la globalización que se han ido acumulando en los últimos 30 años.Un pequeño ejemplo, el peso del turismo en España es del 12% del PIB y el 13% del empleo, y mucho más si contamos una serie de actividades colaterales que, en parte, son dependientes o contribuyen al turismo pero no se contabilizan como tal, podemos estar hablando de tres o más puntos adicionales sobre el PIB y el empleo. Un sector que estaba en continuo crecimiento y que ha frenado en seco, de un día para otro, sin perspectiva de cuando volverá a arrancar y a cuál será su ritmo. Una muestra de dependencia excesiva de un país que basa su economía en especializaciones demasiadas estrechas y que no le permite garantizar el suministro de ciertos bienes, productos o materiales de carácter estratégicos. El que no tengamos una industria textil mínima que pueda, en el muy corto plazo, ponerse a fabricar mascarillas quirúrgicas en cantidades industriales es un botón de muestra del nivel de dependencia. Será todo lo loable que se quiera, pero no vale que una legión de voluntarias con sus máquinas de coser desde el hogar o desde pequeños talleres se pongan a confeccionar mascarillas caseras para paliar un suministro tan estratégico y vital. 

Ignoro como se podrá superar la gran crisis económica que se está larvando y creo que nadie tiene una visión clara. Por el momento, todo queda en simples especulaciones. Pero, si de algo estoy convencido es que el capitalismo como sistema económico y social no va a desaparecer como es mi deseo o el deseo de más de uno. En todo caso, a lo mejor, podremos ver algunos cambios en las políticas económicas y sociales, como la inyección de liquidez al sector público y privado, así como las deudas a muy largo plazo. Es lo que se hizo en Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

Un día como hoy, hace 28 años falleció Isaac Asimov, un gran autor de ciencia ficción y divulgador científico. Me quedo con una de sus frases:

“Cualquier sistema que permita a los hombres elegir su propio futuro terminará eligiendo la seguridad y la mediocridad, y en tal realidad las estrellas están fuera de su alcance.”

PD: A última hora de la noche leo la noticia de que una cooperativa vasca del grupo Mondragón, Bexen Medical, se va a poner a producir 10 millones mascarillas con la ayuda de otra cooperativa, Mondragon Assembly, que se encarga de la fabricación de las máquinas necesarias para producir las mascarillas. Una gran noticia que se une a la iniciativa de SEAT, en colaboración con terceros, para transformar una línea de montaje que fabrica una determinada pieza de coches, y poder fabricar respiradores. Son ejemplos, de que a pesar de todo, la cooperación permite reconducir o readaptar, por el interés de la sociedad, la producción industrial para abordar una crisis como la que estamos sufriendo.
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