Día 24: El Bronx, Nous Barris y el coronavirus

Martes, 7 de abril. Todavía no se ha alcanzado el pico de la curva, pero parece que pronto se llegará el punto de inflexión, eso nos dicen porque en dos semanas se ha pasado de un crecimiento diario de más de un 30% a menos del 5%. Me entero que han trasladado a Boris Johnson a la UCI por sus complicaciones con el coronavirus, más de uno pensará que es el destino kármico de alguien que propuso una especie de darwinismo social para controlar la pandemia, yo le deseo lo mejor. Mientras tanto, las noticias que llegan son dispares, por un lado China comunica que en las últimas 24 horas no ha habido ningún fallecido y, por el contrario, en Estados Unidos la infección está desbocada, ya supera en número de contagiados a España, Italia y China juntos. Conclusión, seguimos inmersos en el caos.

Me sigue preocupando, en especial, lo que está pasando con los ancianos en los centros geriátricos de Cataluña. Por el momento, ya van 909 fallecidos, 338 en los últimos tres día; es decir, podríamos decir que uno de cada tres de los muertos por el coronavirus en tierras catalanas vivieron y murieron en las residencias, una estimación imprecisa por el baile de cifras inexactas que aporta la propia administración. Los centros geriatricos catalanes siguen siendo trampas mortales para sus residentes. Espero que, en su momento, se den las explicaciones y se identifiquen a los responsables, porque, a día de hoy, en las conferencias de prensas de los consejeros de la Generalitat, este tema se trata como si fuese un fenómeno paranormal. Todo hay que decirlo, esta mortalidad no es únicamente un problema catalán, también se repite en el resto de las comunidades, ya que se estima que uno de cada cuatro de los fallecidos por el coronavirus en el Estado español vivía en una residencia. 

Esta situación de nuestros ancianos forma parte de la explicación de que España tenga, por el momento, la mayor tasa de mortalidad por el Covid-19 en el mundo. Según los expertos, esta tasa está motivada por el envejecimiento de la población y la fuerte mortalidad en las residencias geriátricas. Creo que, para estos últimos, deberíamos añadir, como factores colaterales, la falta de tests, al principio de la pandemia, para cortar las cadenas de transmisión evitando que el virus llegara a los más vulnerables y, sobre todo, la deficiente inversión de los gobiernos autonómicos en la red pública asistencial de la tercera edad. Deficiencia que ha estado acompañada con el desembarco masivo, en estos últimos años, de los fondos de inversión en este sector. Lo que debería haber sido un servicio público y equitativo pasó a ser un negocio, un lucrativo negocio. 

Dirán que mal de muchos, consuelo de tontos, y en eso estamos. El Gobierno británico adquirió millones de tests a los chinos para detectar anticuerpos y, así, poder medir el nivel de inmunidad de la población, pero estos han demostrados no tener la fiabilidad suficiente y las autoridades sanitarias están reconduciendo la situación buscando nuevos tests o explorando otras alternativas sin aspavientos de la oposición política. Aquí, hace una semana, el Gobierno español adquirió unos cuantos miles de tests de detección rápidos que resultaron fallidos, y la oposición política, desde la derechona más ultra pasando por la derecha del quiero y no puedo, hasta el independentismo más radicalizado, montaron un inmenso circo de aspavientos, eso sí, cada uno con la idiosincrasia que los caracteriza. Creo que esta pandemia está sirviendo para medir la calidad democrática y la altura de miras de la clase política de los países. Para nada intento justificar que el Gobierno lo esté haciendo bien, o muy bien, al enfrentarse a una pandemia que ha pillado a todos con el pie cambiado y donde casi todo se tiene improvisar al carecer de referentes y procedimientos adecuados en un contexto global. Es obvio que hay muchos aspectos que son criticables, pero, en la situación actual, tengo la sensación que, al menos, cada uno de los responsables políticos intenta hacerlo lo mejor posible dentro de sus competencias y capacidades, en muchos casos mejorables, pero todos limitados por las servidumbres políticas que implica gobernar. Ahora, no es tiempo de hacer balances o de asumir responsabilidades, salvo en aquellos casos flagrantes.

Hoy he leído la entrevista a Ken Loach, el cineasta británico del realismo social y la denuncia desde una visión comprometida de izquierda, con películas extraordinarias como Tierra y Libertad o I, Daniel Blake, por citar un par de su extensa producción. En la entrevista, Loach se pronuncia con claridad manifestando que: “únicamente lo público nos sacará adelante”, y que considera que: “en lo social se vuelve, una y otra vez, a luchar las mismas batallas”. ¡Qué gran verdad! Siempre hemos presumido de tener la mejor sanidad pública del mundo, pero la realidad es que, después de más de una década de recortes y precarización de plantillas en beneficio de la sanidad privada, no es verdad que tengamos la mejor sanidad pública, lo que sí que tenemos son los mejores profesionales de la salud, que están dando, el todo por el todo, para que, en lo que está en su manos, todos podamos recibir la mejor atención en estos momentos difíciles. Espero que todos tomemos conciencia y, cuando esto se acabe, pasemos de los aplausos desde nuestras ventanas y balcones a estar con ellos, codo a codo, en las mareas blancas luchando y reivindicando una sanidad pública de calidad, será entonces cuando podremos afirmar que sí, que tenemos la mejor sanidad del mundo. Tendremos que volver, como dice Ken Loach, a luchar las mismas batallas.

No es la primera vez que lo pienso y, por tanto, lo escribo. El Covid-19 no es clasista, cuando infecta no distingue el status económico o social, lo que es clasista son las condiciones de vida y las situaciones socioeconómicas de las personas. Lo vemos en Nueva York, donde el mayor foco de contagios y fallecimientos se registra proporcionalmente en el Bronx, en especial entre bloques de viviendas sociales, donde familias numerosas se amontonan en pequeños apartamentos. Lo mismo pasa en Barcelona en los barrios más pobres, en los del distrito de Nou Barris, donde se localizan las zonas más afectadas, porque sus viviendas, como las del Bronx, son “factorías del virus”. Son barrios, tanto en Nou Barris como en el Bronx, donde además de vivir en viviendas más precarias, viven muchas de las personas que trabajan en los supermercados, en las fábricas, en los servicios de limpieza o en la atención de los ancianos, son las personas que están en primera línea para garantizarnos a la mayoría los servicios mínimos, son las personas más expuestas por sus trabajos. Por estos motivos, no es un hecho casual, ni hay una predisposición genética que justifique que el barrio de Les Roquetas en Nou Barris tenga una tasa de contagiados por cada cien mil habitantes siete veces superior a la del barrio de Sant Gervasi-Galvany del distrito de Sarriá, donde la mayoría de sus residentes son de extracción social burguesa y de clase alta. Más o menos lo que estará pasando en el South Bronx con respecto al Lower East Side de Manhattan.
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