Día 25: Vacaciones soñadas

Miércoles, 8 de abril. MIentras esperamos el punto de inflexión de las curvas del coronavirus, hoy nos cuentan que hay un nuevo repunte de infectados y fallecidos en España. También algunos miembros del gobierno nos cuentan que a partir del día 26 de abril podremos ir recuperando nuestra vida normal; aunque otros nos dicen que no es prudente dar fechas. Me gustaría que alguien me explique qué se entiende por recuperar la normalidad después de la pandemia con sus efectos colaterales, imposibles de evaluar, en el terreno económico, social y político. Pues eso, nos espera una vida “normal” más bien movida y llena de incertidumbres. 

Hablando de incertidumbres y para ir haciendo boca. Según un estudio publicado hoy en la la revista Nature, parece ser que los efectos del cambio climático sobre la biodiversidad serán abruptos y ocurrirán en solo diez años. Si no se reducen las emisiones de los gases de efecto invernadero, estamos abocados al colapso de los ecosistemas y los océanos serían los primeros en sufrir el golpe antes del 2030. Luego, según los autores del estudio, para 2050, el efecto se expandirá a los bosques y a las latitudes más altas. Sigo leyendo y, si no me había quedado claro el futuro imperfecto que nos espera, según los datos del estudio, nos avisan de que si el calentamiento global alcanza los 4ºC, el 15% de las comunidades de especies marinas y terrestres estudiadas, más de 30.000, estarán expuestas a condiciones drásticas y muchas de ellas no sobrevivirán. ¿Normalidad?

Mientras tanto, la Unión Europea sigue revolcándose en sus mezquindades y manteniendo la división Norte-Sur en la búsqueda del consenso que permita afrontar una salida de la crisis de forma solidaria y equitativa. Por el momento el Eurogrupo no se ha puesto de acuerdo después de una dura y larga sesión y mañana tienen previsto reanudar las negociaciones. Si la Unión Europea no es capaz de afrontar esta crisis pensando en términos de ciudadanos europeos, creo que tiene los días contados. Así, que no cuenten conmigo. Qué lejos queda aquel lema de la Unión Europea de hace 20 años: Unida en la diversidad. 

Ojeando por ahí, me doy cuenta que disponer de un búnker puede ser una buena inversión. Paro los tiempos que corren y viendo lo que se avecina, el búnker te aporta un buen confinamiento en una estructura pensada para estos menesteres y, además, protección bacteriológica y radioactiva. Según un reportaje del New York Post, este último año, las ventas de una compañía internacional especializada en este tipo de construcción, Vivos, se ha multiplicado en un 400 %. La compañía dispone de un amplio catálogo de búnkeres en todo el mundo, el más asequible es una plaza refugio en Dakota del Sur por unos 35.000 euros, y el más caro, el Europe One, se encuentra en Alemania por dos millones de euros, un antiguo almacén de armamento en una montaña reacondicionado como búnker de dos pisos con 34 dormitorios, sala de recreo y ocio con billar, cine y un pub. La compañía Vivos, está planeando nuevos búnkeres en el mundo, Marbella es una de las opciones que tienen en perspectiva.

La verdad es que un búnker no me motiva, pero la propuesta del Taksu Spa, en Bali, me parece una opción nada descartable para unas próximas vacaciones teniendo en cuenta el panorama a corto y medio plazo. Estar en un sitio exclusivo paradisíaco en pleno contacto con la naturaleza, disfrutando de una gastronomía local con toques de cocina internacional, con un cuidado exquisito del cuerpo gracias a la amplia carta de servicios holísticos y, sobre todo, con unas condiciones higiénicas y de protección exquisitas del coronavirus con verificación de temperatura a los clientes y disponibilidad de desinfectantes para manos elaborados localmente con productos respetuosos con el medio ambiente. Pero esto no es todo, las medidas sanitarias son extremas, ya que los espacios cerrados se ozonizan todas las noches; el personal utiliza mascarillas FFP3 personalizadas hechas con patrones locales de batik; todos los cubiertos están esterilizados por UV; las habitaciones tienen unidades de aire acondicionado de purificación de aire ionizante; la ropa se rocía con soluciones de peróxido de hidrógeno que incluyen aceites nebulizados de cítricos y árboles de té; y las sábanas se esterilizan y se guardan en salas de almacenamiento de ozono. Con esta descripción y mientras esperamos la socorrida vacuna del Covid-19 que tardará su tiempo, ¿Quién no se fundiría sus ahorros para pasar unos días de asueto y confinarse en un entorno con todas las garantías? Yo me lo estoy pensando. 
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