Día 30: Capitalismo y números cabalísticos

Lunes, 13 de abril. Se inicia a quinta semana de confinamiento y éste se va haciendo más pesado que la losa de un cementerio. Ahora bien, hoy una parte del país se ha vuelto a incorporar al trabajo en sectores productivos considerados no indispensables y mañana se incorporará el resto. Eso dicen los telediarios. La única medida extraordinaria es el reparto de mascarillas en los principales nodos de transportes del país. Creo que es difícil mantener equilibrado el fiel de la balanza donde se sopesan los efectos de la crisis sanitaria y el de la crisis socioeconómica. Me consta que hay personas que piensan que con el coronavirus llegó el Estado social y, con él, la parálisis de toda la economía no indispensable hasta erradicar el virus y, al mismo tiempo, manteniendo el nivel de vida de toda la población y aplazando los impuestos, tanto los de las personas físicas como los de la juridicas. Sin lugar a dudas, yo suscribo este escenario, siempre ha sido mi ideal, un Estado que reconoce y respeta los derechos humanos y sociales de los ciudadanos y capaz de promover políticas de inclusión e igualdad de todas las clases sociales. Sin embargo, como es obvio, este modelo de Estado no existe, lo tenemos que conquistar los ciudadanos, día a día, en todos los frentes, ningún virus hará el trabajo por nosotros. Si nuestro sistema sanitario está aguantado con muchas dificultades el envite de la pandemia es gracias al esfuerzo y dedicación de sus trabajadores y no porque ya existe ese Estado ideal gracias a nuestras luchas colectivas en el pasado más próximo. ¿Dónde estabas cuando las mareas blancas luchaban contra los recortes en la sanidad pública? 

Por el momento, si alguien se pregunta por qué hay que empezar a reanudar actividades económicas la respuesta es:
 It's Capitalism, Stupid!
Hablando de mascarillas, no deja de ser un sainete tragicómico el esperpento que ha provocado el envío de 1.714.0000 mascarillas por parte del Gobierno central a Cataluña y la reacción airada del Consejero de Interior de la Generalitat, Miquel Buch, junto a la de otros miembros del gobierno catalán del entorno de JXCat. Parece que la cosa va de número cabalístico, 1714 fue el año del asedio de Barcelona por las tropas borbónicas y desde Cataluña algunos han entendido que es un nuevo intento del Estado para humillarla, mientras que desde la Delegación del Gobierno, dicen que la cantidad se corresponde con un cálculo proporcional de mascarillas a repartir en las cuatro provincias. El aspaviento del Sr. Buch ha llegado hasta el extremo de que en rueda de prensa oficial ha amenazado que si la próxima remesa de mascarilla tiene que ver con el número 1939 -se supone que corresponde con el año de la caída de la Segunda República española- no lo va a permitir porque “no se puede jugar con la historia de los catalanes”. Pienso yo, si alguien quería humillar de verdad, con una buena dosis de mala leche y llegando al clímax del “hijoputismo” más extremo, el remate hubiese sido ajustar el número de cajas de embalaje de esas mascarillas a otra de las cifra cabalísticas que se maneja por estas tierras: el 155. 

Esto podría haber sido un anécdota para animar el confinamiento, para alimentar los chascarrillos, las chanzas y los exabruptos en las redes sociales. Pero, considerando la institución que representa y las responsabilidades políticas que conlleva el cargo, este nefasto personaje, en vez de indignarse por “presuntas” humillaciones, debería estar manifestando su sincera preocupación y no eludir las preguntas, como hizo hoy y lleva haciendo desde hace muchos días, por los 1.825 ancianos fallecidos en las residencias catalanas, los 3.659 residentes infectados por el coronavirus y los 1.113 ingresados gravemente, según los últimos datos. Estos si que son números. Son los números de personas reales que mueren y sufren en Cataluña y no un juego de números cabalísticos de una pretendida humillación del honor de un pueblo.
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