Día 40: El coronavirus contra el halo mágico de Sant Jordi

Jueves, 23 de abril. Ya van cuarenta días de confinamiento. Hoy se me ha hecho especialmente raro porque siempre he vivido Sant Jordi como un día mágico y si alguien me pregunta dónde radica la magia para que sea un día tan especial, no sabría explicarlo por mucho que lo intente, aunque, a lo mejor, es la suma de muchos elementos los que han contribuido.

Obviamente, los iconos de Sant Jordi son las rosas y los libros y, por tanto, no dejan de ser dos de los principales ingredientes que contribuyen, por su naturaleza, a darle ese halo mágico. 

Pero hay otros. La leyenda también contribuye, sobre todo para los más pequeños. Ésta nos cuenta que cuando una princesa, ofrecida en sacrificio por su pueblo, se dirigía hacia un pestilente y horrible dragón, apareció de repente un caballero con una brillante armadura montado en un caballo blanco a rescatarla y alzando la espada atravesó al dragón y de su sangre brotó un rosal con las rosas más rojas que jamás se habían visto, el intrépido caballero arrancó una rosa y se la ofreció a la princesa. El noble triunfante que había liberado a los habitantes del pueblo del dragón era Sant Jordi.

La tradición, también contribuye, y parece ser que ya, en el siglo XV, se organizaba en Barcelona una feria de rosas y la costumbre era que acudieran los novios, los prometidos o los matrimonios jóvenes.

Lo de los libros, tampoco deja de ser otra coincidencia que ayuda a incrementar ese halo mágico. La fecha coincide con el Día Internacional del Libro, pues fue un 22 de abril de 1616 cuando, casualmente, fallecieron Cervantes y Shakespeare. Dos de los pilares de la cultura y la literatura. Hace casi un siglo, un escritor valenciano afincado en Barcelona, Vicent Clavel i Andrés, entonces director de la editorial Cervantes, en unos momentos momentos difíciles para divulgar la cultura, consiguió con el apoyo de los escritores, editores, libreros, bibliotecarios, lectores y personajes singulares de la época organizar una fiesta y que los libreros salieran a la calle y montaran puestecillos varios en los que poder presentar sus novedades. Fue en 1929 cuando las rosas y los libros se encontraron.

Sin embargo, en este día, que convergen libros, rosas, historias y leyendas, el elemento que lo hace realmente mágico es, sobre todo, las personas, es la inmensa aglomeración de gente y su fluir por las calles entre puestos de ventas de rosas y de libros. Gente que, muchos de ellas, realizará su única compra anual de algún libro para regalar; gente que ofrecerá una rosa a su pareja, a su madre, a su compañera de trabajo o la dependienta de la charcutería con la que intercambia, de tarde en tarde, alguna broma o sonrisa. Gente como yo, que se sumerge en la masa y se deja arrastrar como un tronco por la corriente de un río, embriagado por el olor de las flores y atontado por las pilas y pilas de libros con sus promesas de ficciones o de realidades explicadas e interpretadas. Son los autores en lengua catalana o en lengua castellana compartiendo un mismo espacio para firmar sus libros y encontrarse con sus lectores; son los autores extranjeros invitados que “flipan” asombrados y se les congela la sonrisa porque nunca habían imaginado o vivido una fiesta como esta y les gustaría llevarla a sus respectivos países. 

Es la gente que hace suya la fiesta, que se la apropia, con independencia de su origen, cultura, lengua y religión como podemos observar en las calles de pueblos y ciudades de Cataluña y, en especial, en la Rambla del Raval de Barcelona, un verdadero crisol de culturas. 

Sant Jordi, no es un día festivo, es un día laborable, es un día de transgresión, porque la gente se escapa a comprar la rosa, a comprar el libro, a tomar un aperitivo o comer con amigos o familiares. Es el día de la espera deseosa, de cuando la gente regresa a sus casas por la tarde-noche, después de trabajar, llevando rosas y libros a sus seres queridos. 

A lo mejor, es la aglomeración y los empujones, es el contacto físico, es el contacto amoroso o social lo que hace mágico este día y, lamentablemente, ha llegado este horrible virus, como si se tratase del horrible dragón de la leyenda, para destruir todo rastro del halo mágico, estableciendo la distancia física y social como norma, ocultando las sonrisas detrás de las mascarillas, sembrando el paisaje de muerte y desolación, destruyendo esperanzas y proyectos de vida. Ni la compra online de libros y rosas, ni los deseos compartidos digitalmente podrán llenar el inmenso vacío de las calles, el único espacio donde la magia del 23 de abril es posible.


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