Día 42: Haciendo memoria de otros tiempos

Sábado, 25 de abril. Una de las ventajas de esta pandemia es, en mi caso, que se difumina el tiempo de los calendarios y uno recupera la memoria de otros tiempos. 

Hay que celebrar que un día como hoy, en 1945, la Resistencia Italiana consiguió el control de todas las grandes ciudades del norte del país, último reducto de las tropas nazis y la rendición incondicional de estos. 

También, hay que celebrar un acontecimiento que viví casi directamente un día como hoy, en 1974, a las 00:25 horas la Rádio Renascença transmitió en todo Portugal “Grândola, Vila Morena”, una canción de José Afonso prohibida por el régimen dictatorial del Estado Nuevo. Era la señal acordada por el Movimento de las Fuerzas Armadas (MFA) para ocupar los puntos estratégicos del país. Así fue como comenzó la revolución de los claveles que liberó el país de una dictadura de 49 años. 

Como en casi toda revolución, a veces, un simple anécdota por su entrañable naturaleza, se convierte en el símbolo de ella. Cuentan los cronistas que en aquella madrugada una camarera, Celeste Caeiro, que regresaba a su casa con unos manojos de claveles retirados del adorno de un banquete que se había suspendido, se encontró con los tanques de los revolucionarios en la plaza del Rossio, se acercó a uno de ellos y preguntó qué pasaba a uno de los soldados y este le respondió — Nos vamos para El Carmo a detener a Marcelo Caetano ¡Esto es una revolución!— El soldado, que estaba aterido, le pidió un cigarrillo, pero Celeste no tenía ninguno y le dio unos claveles diciéndole — Si quiere tome, un clavel se le ofrece a cualquier persona— . El soldado aceptó y puso la flor en el cañón de su fusil y los compañeros pidieron más flores y repitieron el gesto colocándolos en sus respectivos fusiles. Celeste fue dando claveles a los soldados que iba encontrando, desde el Chiado hasta la Iglesia de los Mártires. Los claveles en los cañones de los fusiles pasó a ser el símbolo de que los soldados no deseaban disparar sus armas, y la acción se fue extendiendo por toda la ciudad donde se fusionaron pueblo y ejército y que dio el nombre a una revuelta que pasaría a la historia.

Yo ese día, me había despertado en Les Sureaux, un albergue para refugiados en Montreuil-sous-Bois, un municipio del suburbio de París, tenía 20 años y llevaba tres meses gestionando mi solicitud de asilo político. Debería ser sobre las 8:00, estaba en la sala comedor desayunando mientras oíamos las noticias de la radio, en un momento el locutor empezó a explicar que en Portugal el ejército estaba ocupando las calles y los puntos estratégicos del país. En la sala se hizo un silencio sepulcral, todo el mundo prestaba su atención a lo que el locutor iba narrando mientras dirigimos nuestra mirada a la mesa donde Filipe, un militante de la izquierda portuguesa, y su compañero —no recuerdo su nombre— un desertor del ejército colonial portugués, estaban como petrificados conteniendo una alegría a punto de estallar. Al cabo de un cierto tiempo, Filipe y su compañero salieron a buscar una cabina telefónica. Cuando regresaron, entraron en el comedor puño en alto gritando “¡liberdade!” y otras palabras que no me acuerdo, pero que son fáciles de imaginar teniendo en cuenta el contexto. A los que estábamos allí, nos explicaron lo que estaba pasando en las calles de Portugal, fue un momento de inmensa alegrías con abrazos, lágrimas, gritos, consignas revolucionarias de la época, etcétera. Era fácil de entender esa alegría. En el albergue había bastantes chilenos y otros militantes de la izquierda latinoamericana que habían podido escapar de la cruel represión después del golpe militar de Pinochet del 11 de septiembre de 1973, también nos encontrábamos tres o cuatro españoles, obviamente muy sensibles por los acontecimientos que estaban ocurriendo en el país vecino. Sin olvidar un grupito, también refugiados, de los estudiantes griegos de la revuelta de la Politécnica de Atenas del mes de noviembre de 1973.

Aquella noche, como no podíamos consumir alcohol en el albergue, nos fuimos unos cuantos a un bar cercano a celebrarlo, un verdadero bistró que estaba regentado por un viejo comunista francés. Obviamente, el patrón se unió a la fiesta y cayeron un par de rondas gratis. En el bistró, también se encontraba un republicano español. Intento recordar su nombre, creo que se llamaba Manuel o José Manuel, no sé, pero sí que recuerdo un rostro surcado de arrugas y su espeso cabello negro como el azabache, de él conocía que había sido un miembro muy activo en la Resistencia francesa contra los nazis llegando a ser condecorado posteriormente por el Estado Francés en reconocimiento a sus méritos. El hombre vivía de su trabajo  de conserje en alguna de las dependencia del Ayuntamiento de Montreuil. Fue una fiesta curiosa, una mezcla de gente de diversos sitios, gente de izquierda de las distintas Internacionales —socialistas, comunistas, trotskistas, maoístas— y del anarquismo, hasta se nos había unido un checo, un refugiado de la primavera de Praga. Creo que todos, a pesar de las diferencias y las distintas sensibilidades ideológicas, nos unía algo, el amor por la libertad y la solidaridad, una solidaridad de clase. En aquellos momentos, la Revolução dos Cravos era nuestra revolución. 

Unos pocos días después acompañé a Filipe a la estación de Austerlitz, regresaba a Lisboa en tren. Perdimos el contacto y nunca más supe de él. Su compañero, el soldado desertor, también regresó a su país. En Europa todavía quedaban dos dictaduras fascistas, la española del General Franco y la griega de Georgios Papadopoulos. Tres meses después, un 24 de julio, la dictadura Griega cayó y se proclamó la Tercera República Helénica. Nosotros, aún tuvimos que esperar un par de años para empezar el largo camino de una transición política de una dictadura a una democracia, la cual, a veces, uno piensa que todavía no se ha acabado. 

Imagen: Foto de Sérgio Guimarães uno de los iconos del 25 de abril del 1974

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