Día 37: #DamePaguita o la aporofobia. Un efecto colateral del coronavirus

Lunes, 20 de abril. Llevo cuatro días sin escribir en el Diario. Desde que comenzó el confinamiento es la primera vez que interrumpo mi cita diaria. Supongo que el cuerpo y mente me han pedido un descanso o, a lo mejor, uno se libera de la dictadura del calendario porque piensa que este confinamiento finalizará en un tiempo que nunca llegará o cuando las semanas tengan tres jueves.

Me entero que la tripulación de la Estación Espacial Internacional, los estadounidenses Jessica Meir y Andrew Morgan, y el ruso Oleg Skripochka, regresaron el pasado viernes a la Tierra tras aterrizar en Kazajistán a primera hora de la mañana. Cuando abandonaron la Tierra la vida era “normal”, ahora, según manifiestan les es un poco difícil sentir que realmente están regresando a un planeta diferente, al fín y al cabo, durante el tiempo que estuvieron fuera del planeta tenían la sensación de que eran las tres únicas personas del Universo que no estaban viviendo ni lidiando con la pandemia. La verdad, no es que sea el regreso de Charlton Heston en su papel del astronauta George Taylor aterrizando en el planeta de los simios, pero podría ser un buen inicio argumental para la recreación de una nueva distopía sobre el futuro del nuestro planeta.

Vuelvo a mi realidad más próxima y constato que los ingredientes que pueden alimentar una hipotética distopía se van cocinando lentamente. Veo como va pasando los días, con un país confinado por las medidas sanitarias donde se desconoce el número real de contagiados y fallecidos —únicamente tenemos tendencias mal cuantificadas— , y con una población sumida en las incertidumbres de cómo puede ir evolucionando el contagio y sus efectos en la salud sin tratamientos antivirales específicos, sin vacunas y con la dificultad añadida de no disponer de los elementos más básicos de protección como mascarillas seguras, guantes o geles antiséptico.

Estoy preocupado, después de los terremotos pueden llegar los tsunamis, y en el seísmo actual del coronavirus, la primera gran ola que nos llega es la rápida caída de la actividad económica en el mundo. En el caso de España, ésta ya se ha reducido a la mitad en menos de un mes, un 49% para ser más exactos de acuerdo con las conclusiones del estudio publicado por la Universidad de Cambridge, y con una gran incidencia en sectores económicos, como el turismo, hostelería y restauración con una gran capacidad de generar empleo. El Banco de España ya baraja, como hipótesis que el PIB podría caer entre un 6,6% y un 13,6% en 2020.

Un tsunami que anega un terreno socioeconómico impermeable que ya estaba embarrado por la situación de pobreza estructural que se remonta a las anteriores crisis económicas. Esta es la cruda realidad, antes de la pandemia ya teníamos unos 10 millones de personas viviendo en España por debajo del umbral de la pobreza. Por tanto, es obvio pensar que se está gestando una nueva crisis económica cuya dimensión es difícil de imaginar en un contexto cuyo punto de partida es ese más de un 34% de las personas que ya llegaban con dificultades a final de mes —incluido sectores de las clases medias— , donde un 26% de los niños ya vivían en la pobreza y donde ya había un 18% de “trabajadores pobres”.

No hay que ser un lince para imaginar cómo quedará el paisaje social y económico, y cómo afectará a una población que, al margen de los minutos de “comunión” solidaria diaria desde ventanas y balcones, empieza a ser invadida por los miedos provocados por las incertidumbres y la falta de perspectivas. Como es ampliamente conocido, los miedos junto a la ira propician comportamientos irracionales e insolidarios que se propagan, también, como los virus y que rápidamente los utilizan determinados sectores políticos, principalmente la ultraderecha.

Y el primer aviso de estos comportamientos insolidarios ha saltado con el acuerdo del Gobierno para poner en marcha el próximo mes de mayo el Ingreso Mínimo Vital (IMV) para ayudar a las personas y familias más vulnerables y con dificultades para afrontar sus gastos más básicos. Una acción de justicia social por parte del Estado necesaria e imprescindible para aliviar el impacto de la crisis en los sectores más vulnerables. Lo curioso es que, mientras las medidas de apoyo a las empresas o a los profesionales autónomos son recibidas como agua de mayo, con la única crítica de son insuficientes, el IMV es considerado, como algo innecesario que lo único que consigue es fomentar el “vividor” de las ayudas del Estado. Entre los detractores de esta medida, muchos de los ahora están recibiendo “ayudas” por la parálisis de sus “actividades empresariales”. 

“Dame la Paguita”, es el leitmotiv para ridiculizar y humillar a las personas beneficiarias de esta ayuda que ha estado y sigue estando presente en las redes sociales y en algún que otro medio de comunicación. Una campaña que es, simplemente y llanamente, la expresión de la ideología meritocrática del neoliberalismo más rancio, el cual justifica la desigualdad social entre “triunfadores” y “perdedores” y propicia, en lo más profundo de su ser, el odio, miedo y rechazo a las personas pobres, es decir, la aporofobia. Un efecto que busca culpabilizar individualmente a las personas por su situación de pobreza sin tener en cuenta las circunstancias sociales, políticas y/o económicas que influyen en los procesos de exclusión. La “paguita” forma parte de las ideas que subyacen a la aporofobia — “están en la calle porque quieren”, “parásitos”, “son unos vagos”, “tendrían que ponerse a trabajar”, etc—. Este tipo de campaña lo único que busca es generar representaciones deshumanizadoras de las personas que se encuentran en situación de extrema pobreza creando una distancia simbólica entre “nosotros” y “ellos” que facilita los procesos de deslegitimación y exclusión moral de una parte de la ciudadanía. Es abrir la puerta al populismo que vende una política del miedo al paro, al declive económico, a la pérdida de valores nacionales, a la inseguridad. Es incubar los huevos de la serpiente del fascismo en sus nuevas variantes.


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