Día 57: Sensaciones, emociones y vida en la desescalada

Jueves, 7 de mayo. Voy espaciando mis entradas en el Diario, no quiero caer en la monotonía de la “rueda en la jaula del hámster”, porque uno puede acabar repitiéndose un número infinito de veces en la infinidad del tiempo, es nuestro sino. Pues eso, llevamos seis días en la fase cero de la desescalada del confinamiento por el virus de marras. Yo ya estoy incluyendo mi salidas diarias en mi rutina diaria, aunque, la verdad sea dicha, la calle no invita. No es tiempo para los flâneurs.

Sin embargo, aunque no es tiempo para paseantes despreocupados y observadores de espacios urbanos con vida, tengo que alegrarme de mi desescalada personal. En efecto, hoy he tenido mi última sesión de quimio quedando pendiente de aquí a tres semanas de las pruebas y analíticas que permitan diagnosticar que las células malignas han sido eliminadas. Las previsiones, tal como ha ido evolucionando el tratamiento, en principio son buenas. También, he coincido en la sala de espera con una mujer joven, se llama T., es un par o tres años mayor que mi hija. Ya nos conocíamos, somos asiduos a recibir esos cócteles tan especiales de alcaloides en vena y, por suerte, para los dos ya podemos decir que estamos en la cuarta fase de nuestra desescalada personal.

Para mí está siendo una experiencia muy interesante mantener una conversación con alguien con las mascarillas puestas. No hay labios que puedan atraer tu mirada, no hay expresiones faciales que puedan ser examinadas con atención y minuciosidad. Nos quedan los ojos que acompañan nuestras palabras una a una, desnudando y sincerando cualquier expresión emocional, descubriendo que tendemos a juzgar con bastante frecuencia la expresión de los ojos en función de la expresión de la boca y las sonrisa puede inducir a juzgar erróneamente la expresión real de los ojos.

T. y yo hemos estado comentando algunos temas de nuestra enfermedad, el tratamiento, el confinamiento, hábitos, la desescalada y las esperanzas. Ella tenía ganas de hablar, de transmitir sus vivencias y angustias. T. me contaba que tiene un hijo de cuatro años, que trabaja de administrativa. También me contaba que estaba orgullosa de su marido, de su compañero, el único soporte vital y emocional para ella y su hijo. Me hablaba y escuchando sus palabras mantenía fija mi mirada en sus ojos, de la misma manera que ella mantenía fija su mirada en los míos cuando yo hablaba. Tengo la sensación que este cruce de permanente de miradas, sin ninguna interferencia de las expresiones de la boca, es como contemplar los pasos de un vals emocional y motivacional donde se alternan alegrías, tristezas, enfados, miedos, sorpresas, rechazo o hasta indiferencia. 

Más o menos, hemos hablando una media hora; para mí ha sido la primera vez que hablaba tanto tiempo con alguien con la mascarilla puesta. De la conversación con T. he deducido que ella aceptó, como yo, la enfermedad e inmediatamente puso todos sus recursos —tratamientos médicos, cuidados personales, apoyos, etcétera— a su disposición para someterla, a luchar contra ella por la supervivencia, por vivir la vida, por su hijo, por… como la gacela que se acerca a ese plácido río a abrevar, porque para ella es la vida, sabiendo que están las leonas dispuestas a devorarla, pero asumiendo que aunque su depredador es mucho más fuerte y rápido en las distancias cortas, ella es más ágil —capacidad de extraordinarios regates— y resistente en las distancias largas. A lo mejor estamos viviendo como las gacelas, regateando virus y carcinomas.


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